“La pérdida de nuestros colores: del maximalismo al minimalismo”
El arte, la moda y el diseño transitan del exceso a la pureza. Pero en esa transición, ¿qué se pierde del alma visual mexicana?
Zoé Hernández

Vivimos una época que busca “menos”. Menos ruido, menos formas, menos saturación. El minimalismo domina museos, galerías y espacios digitales: blancos perfectos, líneas limpias, ausencia de ornamento. Sin embargo, esta búsqueda de pureza visual ha traído consigo una pérdida silenciosa: la desaparición de nuestros colores, de la exuberancia que por siglos ha definido la estética mexicana y latinoamericana.
El maximalismo, con su caos cromático, su mezcla de texturas y símbolos, representaba la vitalidad del sur: la contradicción, la celebración, la vida que estalla. Hoy, entre las paletas neutras y los espacios vacíos, el color parece exiliarse.No se trata solo de estética, sino de identidad. En la contención del minimalismo global, se diluye la energía emocional de lo popular, de lo mestizo, de lo ritual.

Sin embargo, algunos artistas contemporáneos están reivindicando el color como acto político: pigmentos naturales, textiles saturados, instalaciones que desafían la neutralidad visual. Frente a la uniformidad, el color regresa como grito y como memoria.
El blanco puede ser elegante, pero el color sigue siendo alma. En el equilibrio entre el exceso y la ausencia, el arte mexicano busca reencontrar su propio tono: uno que no tema al ruido visual, porque sabe que en él habita la vida.