
Zoé Hernández
Hablar del estilo personal en la actualidad no es solo una cuestión estética: es también una discusión política. La forma en que vestimos, los códigos que adoptamos y los que rechazamos están profundamente ligados a relaciones de poder, consumo y representación. Desde el arte y la cultura, la ropa continúa siendo un espacio de disputa simbólica donde se define quiénes somos y cómo queremos ser vistos.
En el pasado, el estilo personal se construía como una narrativa individual influida por el contexto social, económico y cultural. Vestirse era una práctica cotidiana cargada de significado, similar al trazo de un pintor o a la voz de un poeta. Hoy, sin embargo, esa narrativa se enfrenta a un sistema global que tiende a uniformar. La industria de la moda rápida y la lógica algorítmica imponen ritmos, cuerpos y estéticas dominantes que dejan poco margen a la diferencia. En este sentido, la pérdida del estilo personal no es accidental: responde a un modelo económico que necesita consumidores previsibles más que sujetos creativos.
Aquí aparece la dimensión política del estilo. Elegir cómo vestirse puede convertirse en un acto de resistencia frente a la estandarización. Rechazar tendencias, reutilizar prendas, optar por lo artesanal o lo local es cuestionar un sistema que prioriza la velocidad y la ganancia sobre la identidad y el trabajo humano. Así como el arte político interpela al espectador, el estilo personal interpela al sistema que pretende dictar cómo debe verse un cuerpo “aceptable”.
Además, la ropa ha sido históricamente una herramienta de control social. Las normas de vestimenta han regulado géneros, clases y comportamientos. Hoy, cuando ciertos estilos son celebrados solo si encajan en los parámetros del mercado o del espectáculo digital, el estilo personal se vuelve un territorio de disputa cultural. Vestirse fuera de lo esperado desde la disidencia de género hasta la reivindicación de lo popular o lo ancestral es una forma de reclamar visibilidad y autonomía.
Desde esta perspectiva, el estilo personal no ha desaparecido, pero se ha politizado. Ya no se trata únicamente de “verse bien”, sino de tomar postura. Como en el arte contemporáneo, donde la obra dialoga con su contexto social, la manera de vestir dialoga con estructuras de poder, discursos dominantes y formas de exclusión. El estilo personal existe en la medida en que hay conciencia, memoria y decisión.
En un mundo saturado de imágenes y tendencias impuestas, mantener un estilo propio es un acto profundamente cultural y político. Es afirmar que el cuerpo no es solo un soporte de consumo, sino un espacio de expresión, de crítica y de libertad. Allí, entre la tela y el significado, el estilo personal sigue vivo.