El olor del cempasúchil: una estética sensorial de la memoria

Zoé Hernández

En México, noviembre huele a cempasúchil. Ese aroma, denso y solar, parece tener la capacidad de abrir una puerta invisible entre el mundo de los vivos y el de los muertos. No es solo una flor: es una memoria olfativa colectiva, un símbolo que desde tiempos prehispánicos guía a las almas con el resplandor de su color y el poder de su fragancia.

El cempasúchil —del náhuatl cempōhualxōchitl, “veinte flores”— fue considerado por los mexicas una ofrenda solar. Sus pétalos, dispuestos en caminos o altares, eran una forma de luz terrestre que iluminaba el regreso de los difuntos. Hoy, su olor se extiende más allá de los cementerios y los hogares: invade calles, mercados y museos, convirtiéndose en una presencia estética que trasciende lo ritual.

En el arte contemporáneo, el cempasúchil ha sido reinterpretado como un lenguaje sensorial de la identidad mexicana. Instalaciones que lo usan como pigmento, aroma o textura buscan activar la memoria colectiva a través del cuerpo y los sentidos. Su olor no solo evoca la muerte, sino la continuidad: un recordatorio de que recordar también es un acto de vida.

El cempasúchil, con su brillo dorado y su perfume terroso, encarna la dualidad que define nuestra cultura: el gozo y la pérdida, la belleza y la transitoriedad. En cada flor que se marchita hay una afirmación de lo efímero, una estética del instante que el arte sigue transformando en eternidad.

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