
El poder, en su naturaleza más profunda, es una relación social desigual en la que una parte condiciona la conducta o voluntad de otra. Si bien a menudo se manifiesta a través de la coacción y la fuerza, su forma contemporánea más sutil es el biopoder, concepto explorado por Michel Foucault que describe la capacidad del poder para controlar y regular no solo los cuerpos individuales (disciplina), sino también a la población en su conjunto (biopolítica) mediante la administración de la vida misma, la salud y los datos.
La irrupción de crisis globales, como la reciente pandemia, puso en relieve el potencial expansivo de este poder objetivado, un término que hace referencia al aparato gubernamental que busca perpetuarse y expandirse más allá de los individuos que lo ejercen. Durante la emergencia sanitaria, se adoptaron medidas de control sobre los cuerpos —restricciones de movilidad, uso obligatorio de mascarillas, rastreo de contactos— que demostraron la facilidad con la que el Estado puede centralizar la vida social bajo el pretexto de la salud pública.
No obstante, la experiencia de la “nueva normalidad” evidenció que este control total tiene límites claros. La naturaleza intrínsecamente política del ser humano, que busca vivir en comunidad y desarrollarse plenamente en libertad, genera una resistencia espontánea al control excesivo. Las repercusiones económicas negativas de los confinamientos y el descontento popular ante las medidas extremas forzaron al poder a retractarse, demostrando que la dominación, si no se administra con prudencia, encuentra un límite en la capacidad de aguante de la masa.
El desafío actual del biopoder radica en su capacidad para mutar. Al no lograr un control total mediante la coerción directa, el poder objetivado busca establecer formas más sutiles y efectivas de vigilancia y control. Esto se manifiesta en la creciente regulación de la información, el manejo de datos personales y la priorización de la seguridad sobre la libertad, aprovechando la fatiga social y la falta de conciencia política en la ciudadanía para avanzar en su agenda.
En este contexto, la libertad humana se reafirma como el contrapeso esencial al avance del poder. La sociedad no puede existir sin orden, pero tampoco sin la libertad indispensable para el desarrollo humano. La obediencia se da por múltiples razones (miedo, respeto, interés), pero la resurrección constante de la voluntad individual y colectiva limita los intentos del poder por anular la esfera privada y social.
Por lo tanto, la vigilancia y la crítica al poder contemporáneo deben trascender la mera denuncia de la corrupción o la fuerza bruta. Hoy, la tarea imperante es identificar y desafiar las formas más veladas del control, especialmente aquellas que se escudan en la tecnología o la seguridad, para asegurar que la capacidad del ser humano de convertir proyectos individuales y colectivos en realidad —que es, en esencia, una definición del poder individual— no sea subordinada a la agenda de un poder que busca controlarlo todo.