El Poder de la Narrativa y la Comunicación Política

El poder no solo reside en la capacidad de forzar una conducta (coacción) o en la jerarquía institucional, sino fundamentalmente en la capacidad de generar y controlar la narrativa. En la política contemporánea, marcada por la inmediatez y la polarización de las redes, el poder de la comunicación se ha vuelto casi más influyente que la propia ley. La atemporalidad del poder radica en que siempre ha necesitado ser justificado y legitimado; hoy, esa justificación se libra en el campo de la percepción pública.

Las figuras políticas actuales lo demuestran. Presidentes o líderes de alta popularidad utilizan su plataforma para imponer un estilo reflexivo pero firme, afrontando problemas complejos con una alta aprobación que les permite moldear la opinión pública. La capacidad de presumir logros (como la reducción de la pobreza) y, al mismo tiempo, disipar rumores de ruptura o conflicto interno, es una manifestación del poder de la narrativa para mantener la cohesión y el prestigio político ante la ciudadanía. Este poder se basa en la proyección constante de una imagen de control.

No obstante, esta herramienta no está exenta de riesgo. Las pugnas internas dentro de los partidos o alianzas de gobierno, que se ventilan a través de filtraciones o polémicas sobre el uso de recursos privados, muestran cómo la contranarrativa puede erosionar rápidamente la credibilidad. El control de la imagen pública exige una coherencia constante. Un solo desliz o un acto que se perciba como hipocresía puede generar un malestar significativo entre las bases, evidenciando que la moralidad pública y la percepción de honestidad son pilares frágiles pero esenciales del poder comunicativo.

El poder de la narrativa también se utiliza para desviar la atención o enmarcar problemas complejos. Cuando la inflación se desacelera en los informes oficiales, pero resiste en el bolsillo del ciudadano común, el poder de los datos económicos choca con el poder de la realidad percibida. Esto obliga a los gobiernos a justificar el impacto en el gasto familiar o a defender impuestos controversiales, como aquellos a las bebidas azucaradas, mediante argumentos de salud pública, buscando que la narrativa de bienestar prevalezca sobre la narrativa de costo.

La comunicación también se ejerce a través de la agenda pública. Eventos de gran magnitud o con un alto simbolismo (como la participación en la Mega Procesión de Catrinas para celebrar la igualdad de derechos) son utilizados para anclar la imagen de los gobiernos a valores sociales positivos, generando una conversación digital masiva. Este tipo de poder es sutil: se trata de una estrategia de seducción simbólica que busca la identificación del ciudadano con la autoridad, atrayendo sin coaccionar, y manteniendo la influencia mediante la conexión emocional.

En definitiva, el poder de la narrativa es el arte de construir la realidad compartida. Las noticias de hoy son un campo de batalla donde se disputan el significado de los hechos. El estilo de liderazgo, el control de las pugnas internas, la defensa de la economía percibida y el uso estratégico de los símbolos son las herramientas con las que los actores políticos ejercen su poder. El verdadero reto para el ciudadano es desarrollar la capacidad de discernir entre la retórica y la acción, un ejercicio atemporal para limitar cualquier forma de poder.

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